Presentación de la publicación Islas o Archipiélago a cargo de D. Carmelo Rivero Ferrera
Santa Cruz de Tenerife 10-5.2005

Esta noble causa, la reivindicación histórica del mar por parte de Canarias, parece más tema de poetas que de políticos, porque aquéllos, como los vates regionalistas del XIX, que buceaban en las formulaciones variopintas del intrínseco insular, miraban al paisaje. Y el mar es nuestro paisaje más codiciado y condicionante, el espacio que abarca la mayor parte de nuestra geografia, aquello de nosotros que nos es rebatido o arrebatado, como la presunta falacia de una verdad irrefutable que hemos estado disfrazando como si fueran aguas de nuestra imaginación. Estamos hablando nada menos que del Atlántico, la segunda masa de los mares del planeta. Victoriano Ríos, biógrafo de este mar de Canarias, nos demuestra en 400 páginas que condensan una historia nunca antes contada, que vivimos en un mar de dudas, en la asombrosa frustración legislativa que es la mayor de nuestras decepciones: el hecho de no haber podido hasta ahora albergar el mar dentro de los márgenes de una autonomía marítima. Pero el mar es lo que justifica la naturaleza de una comunidad insular y ahora por primera vez los legisladores parecen dispuestos a hacer todos los esfuerzos que la inteligencia y el sentido común permiten, para devolver el archipiélago a su tamaño original, con la adhesión del mar que le corresponda.


Nuestros poetas lo habrían resuelto exaltados como Whitman, en su desconocido poema titulado 'Mi canario', donde le confiesa al pájaro paisano que más que todos los libros, o sea que todas las leyes, de su biblioteca, la verdadera sabiduría reside en el contacto que mantienen los dos: la única verdad es que las islas no se entienden sin ese contacto con las aguas que las bañan. Lo dice con otras palabras el prologuista de esta obra, que es el presidente Adán Martín: "Canarias es un archipiélago y la significación de esa idea no puede limitarse a contemplar el lema Océano en la cinta de plata del escudo"


Sentimos su presencia, lo escuchamos respirar, porque el mar duerme en la cama de al lado, está ahí, pero no nos pertenece. Somos isleños en mar ajeno, pero no en mala hora, porque algún día se deshará el entuerto. El lío consiste en saber de quién es, entonces, el océano que poblamos, y si este mar es auténtico o estamos ante un espejismo, que dura 30 millones de años, en cuyo caso quedaría zanjada la discusión. El gran poeta del mar, del "¡Atlántico sonoro!", citó la palabra que fija el debate en uno de los versos de su célebre oda, el que dice así: "surgió definitivo el ensueño: LA NAVE ... " La nave de Tomás Morales 10 dice todo, porque es la palabra clave que confirma que nos hemos pasado la vida surcando estas aguas para ir de una isla a otra o para 'navegar' lejos, como emigrantes o colonos marcados por el tributo en sangre, como vecinos de un océano atravesado por tres razas de mares, tres razones profundas para que el canario sea un individuo tricontinental y no cualquier otra cosa. La arcadia atlántica es el gran recinto de nuestras mitologías y vivencias a lo largo de toda nuestra historia. Si hay un rasgo de nuestra identidad, de nuestra personalidad definitorio y definitivo es el mar, casi tanto o más que la tierra firme, porque estaba antes que ella, como el aire.

De ahí el famoso litigio del mar que hoy nos trae aquí, a este Parlamento, en un acto que quizá no tenga precedentes, en tomo a la aparición de un libro con un título que nos sugiere y nos interroga: '¿Islas o archipiélago?', cuyo autor, Victoriano Ríos, dos legislaturas como presidente de la institución, es un avezado lobo de mar que se mueve entre estas paredes como pez en el agua. Victoriano Ríos recorre las iniciativas y antecedentes históricos sobre las demandas que han partido de Canarias a favor de la titularidad de este océano circundante, y lo hace con la pasión conventual de un escriba minucioso que le ha seguido la pista a la historia de un contencioso tabú. Nos descubre la gran paradoja: que, en contra de lo que podríamos suponer, durante cinco siglos, del XV al XX, nadie reclamó la soberanía de las aguas canarias, hasta que en la transición política, en los años 70, se empezó a legislar sobre el mar territorial. El territorio oceánico. A los políticos canarios se les encendió la bombilla.


Pero una cosa es la amnesia política anterior a la autonomía, amnesia insular y amnesia nacional (aplicado el término nación referido al Estado, como comprenderán con la que está lloviendo) y otra la memoria del mar, que acredita una mayor coherencia en la antiguedad respecto a estas islas Purpurarias, Atlánticas y Afortunadas, hasta el punto de que el autor griego Hesíodo ( de nuevo los poetas), antes que Hornero hiciera apología de los alisios ("el sonoro céfiro"), antes de que Platón, Plutarco, Plinio o Ptolomeo nos intuyeran a través de un mar de un mundo que acababa aquí, Hesíodo dijo, hace 27 siglos, que éramos unas islas en el océano donde moraban los héroes felices, la máxima más repetida de la investidura de Adán Martín. Nadie, ningún visitante naturalista de los siglos XVIII y XIX, ningún viajero, novelista, cartógrafo, ingeniero o historiador, ningún autor medianamente cuerdo tuvo un recuerdo sin agua de su paso por las islas. Canarias es un recuerdo de mar. Lo que nos fulmina la conciencia, de la lectura de este libro, es comprobar que nuestro mar ha sido un tema tabú por un complejo cúmulo de desconfianzas de la política de Estado respecto a las islas y a África, por desinformación o timidez de la clase dirigente local en el pasado y por una lectura restrictiva y conservadora de las Convenciones sobre el Derecho del Mar. Y esta es la hora en que las distintas fuerzas políticas se disponen, nuevamente en las Cortes, a abordar la cuestión. Este libro es de lectura obligada para quienes tendrán que opinar en ese momento. Se trata del otro territorio de Canarias en el "estanque inmenso", del que habló Rafael Arozarena en 'Alto crecen los cardos': "Allá abajo el mapa/hoy te descubro, isla, /simple gota de tierra/ en el papel azul". Así que está por saber a cuánto mar tocamos.


Victoriano Ríos, doctor en Medicina, es uno de los políticos canarios más veteranos, y por tanto atesora una rica experiencia que no data de ayer; en los círculos políticos y periodísticos de Canarias su nombre tiene una familiaridad icónica de raíces democráticas que se hunden en la larga antesala de un país que tardó cuarenta años en recuperar la libertad. Ejerce Victoriano Ríos un 'seny' canario, un mecenazgo de mencey, de una sólida mesura, con las cuademas bien encajadas en la quilla del nacionalismo, que es su barco, como 'la nave' de nuestro poeta modemista, y ha navegado todas las aguas de la política guardando equidistancias que le permiten no perder el rumbo ni la amistad con los distintos partidos. Me alegro de que Victoriano Ríos, a quien conozco desde el párvulo periodístico de los años 70, haya escrito esta exégesis totalizadora sobre su tema, las aguas canarias. Estoy seguro de que con este libro se siente con el deber cumplido, pero íntimamente también como si hubiera matado el gusanillo de una asignatura pendiente, como si hubiera cumplido una promesa y un desafío personal.


Los intérpretes más puristas de la célebre Convención de Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar celebrada en 1982 en Montego Bay, Jamaica, negaron sistemáticamente la titularidad de estas aguas a estas islas por no constituir un Estado archipielágico, sino un archipiélago de Estado. En cambio, desde una hermenéutica menos reacia al sentido común, o más flexible, otros gobiernos han accedido a delimitar sin problemas las aguas de sus islas: así, Azores y Madeira, de Portugal; las Feroe, de Dinamarca; las Spitzberg, de N omega; las Houtman, de Australia, o las Galápagos, de Ecuador. Desde que el tema empezó a rondar a los diputados canarios, todos los informes de la Administración confluían en el ya célebre profesor Lacleta, máxima autoridad en la materia y máximo opositor a las reivindicaciones de Canarias. Pero todo apunta a que tales objeciones se desvanecerían si en lugar de hablar de "aguas archipielágicas" comenzáramos a decir "aguas interinsulares", que con eso basta y no va contra la ley.


La segunda reforma del Estatuto de Autonomía de Canarias, que tramita el Parlamento sin abstracción posible de la tormenta desatada sobre el modelo territorial español, aborda la cuestión, las aguas, en un contexto que invita a los principales partidos a cerrar filas por primera vez en el fondo de un asunto para que no se vaya más al fondo del mar.


El momento en que aparece este libro parece ser el más propicio para que el contencioso quede desbloqueado y resuelto, tanto el de las aguas interiores y territoriales como el de las 200 millas que obliga a trazar las medianas con Marruecos y Portugal. A fecha de hoy, dando un salto considerable en años de pasividad y de hacer la vista gorda, España ha dado el primer paso y Marruecos parece dispuesto a vencer sus reticencias históricas que se vieron avivadas con la presunción de crudo o gas en nuestro subsuelo marino. Hay negociaciones abiertas, con presencia del Gobierno de las islas, que por primera vez mantiene estrechas relaciones con Rabat, y sólo cabe desear que lleguen pronto a buen puerto, pero de nada serviría a Canarias convenir con Marruecos un espacio marítimo común con España para la explotación de los recursos, como apuntan las conversaciones, si antes no se establece con precisión la raya fronteriza de las aguas de cada Estado.


Que nuestro mar está en el limbo es un hecho. Y que es una aberración, también. Las islas no pueden seguir separadas por pasillos de aguas internacionales, porque' ello contradice el espíritu más elemental de una autonomía que se esfuerza en demostrarse unida frente a las tentaciones segregacionistas; las aguas interiores deberán enlazar los extremos de cada una en líneas de base recta y no limitarse al contorno individual que comprendería escasamente las escotaduras de la costa. La protección del medio marino, al que se refiere en un anexo de esta misma obra la viceconsejera de Medio Ambiente, Milagros Luis Brito, exige el control efectivo de las aguas, y 10 mismo sucede para el otro objetivo social de nuestro tiempo: afrontar el drama humanitario de la inmigración irregular africana, tristemente de actualidad.


Estamos en medio de tres mundos, con el agua al cuello. Queremos ser la plataforma de Europa con Africa y América, pero vivimos en un mar prestado, bajo sospecha, en el que travesean todos nuestros fantasmas.


El libro es la obra de un senador que ha presidido esta Cámara y ha sido testigo de primera mano y autor de iniciativas sobre este tema, el fruto de una inmersión que el autor califica de "apasionante" en las aguas de textos y borradores sobre la historia legislativa de la demanda atlántica desplegada durante años por políticos canarios, entre ellos él mismo. El autor es un enamorado del concepto archipielágico de Canarias. Desde el mismo título nos convoca a dirimir si somos islas o somos un archipiélago, para respondemos enseguida, desde las primeras páginas, sobre la certeza de que somos 10 segundo, que incluye 10 primero y el mar, con la Convención de Jamaica en la mano, "archipiélago, es decir un conjunto de islas y las aguas que las conectan" .
A la hermosa palabra archipiélago se añade inexorablemente el apellido que lleva el océano que geográficamente nos tocó en suerte habitar:


Atlántico. Archipiélago Atlántico: las islas en su mar, el contenido en su continente. Quién dijo  ocea ... no

 

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